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martes, 28 de abril de 2026

Debatikon Consultores:"Candidatos a Presidente 2027: Decididos, Ambivalentes, Amagadores, Dubitativos y Silenciosos"


 Federico González publica un ensayo sobre los presidenciables 2027 y desafía a debatir: la convicción se prueba en la cancha, no en el vestuario.

En un país que reclama liderazgos claros, pero donde buena parte del discurso mediático parece premiar la duda y el amague, surge un análisis que busca ordenar el escenario político de cara a 2027.

El informe “Candidatos a Presidente 2027: Decididos, Ambivalentes, Amagadores, Dubitativos y Silenciosos” propone una lectura distinta: clasificar a dieciséis presidenciables según la temperatura de su decisión. La paradoja es evidente: mientras la ciudadanía pide proyectos firmes, los medios amplifican a quienes titubean e invisibilizan a quienes ya asumieron el compromiso.

Con un enfoque analítico y directo, el trabajo recorre cada categoría —desde los decididos hasta los silenciosos— y cierra con cinco desafíos públicos asumidos en primera persona. Una invitación a pensar la política argentina no desde la especulación, sino desde la convicción.

 Introducción y paradoja

Candidatos a Presidente 2027: Decididos, Ambivalentes, Amagadores, Dubitativos y Silenciosos
La paradoja entre la demanda ciudadana y la cobertura mediática

Por estos días, Buenos Aires asiste a un espectáculo curioso, casi teatral. Un pastor evangélico —que prefiere llamarse comunicador— pasea de almuerzos con sindicalistas a cenas con empresarios, tratado por sus interlocutores como un candidato a presidente con chances serias, aun cuando ni siquiera se ha postulado formalmente. Dante Gebel anuncia que definirá su candidatura después del Mundial 2026, mientras un equipo de gente que apenas se conoce entre sí le arma un operativo clamor, le pega afiches en avenidas porteñas y le organiza encuentros con la cúpula de la CGT y con el gobernador de Córdoba. Mientras tanto, la pregunta básica —¿qué propone para la Argentina?— sigue flotando en el aire, sin aterrizaje a la vista.

La escena tiene algo de paradoja inaugural. Acaso sirva como puerta de entrada para describir un fenómeno más amplio: el panorama opositor argentino de cara a 2027 no se ordena por proyectos, sino por temperaturas de la decisión. En este marco, aparecen candidatos decididos, ambivalentes, amagadores, dubitativos y silenciosos. Tanto como valientes, timoratos, oportunistas y sinuosos. En el medio, se asiste a una ciudadanía que reclama liderazgos claros, en contraposición a muchos medios de comunicación que dedican largas horas a conferir voz y pantalla a quienes dudan, mientras invisibilizan a quienes ya cruzaron el umbral del compromiso. Sobre esa paradoja —la de buscar lo que se critica e ignorar lo que se demanda— quiero detenerme.

Quien escribe estas líneas asume su lugar en este mosaico desde una posición previa: lancé mi candidatura presidencial en noviembre de 2025. Desde entonces, vi desfilar por la conversación pública una larga lista de nombres asociados a la oposición o a un eventual recambio: Dante Gebel, Axel Kicillof, Cristina Fernández de Kirchner, Sergio Uñac, Sergio Massa, Guillermo Moreno, Jorge Brito, Gerardo Zamora, Victoria Villarruel, Esteban Bullrich, Marcos Galperin, Mauricio Macri, Patricia Bullrich, Carlos Melconian. La nómina es heterogénea, y no porque la oposición esté hecha de catorce proyectos distintos, sino porque cada uno habita el escenario en una temperatura emocional diferente. Y la temperatura, en política, no es decoración: define el tipo de candidato que efectivamente se es.

Los decididos

Empecemos por la categoría más exigua, y por eso mismo la más significativa. Decidido, en política, no es quien dice que va: es quien construyó un proyecto, lo presentó en sociedad y asumió que su candidatura no admite condiciones suspensivas. Hay diferencia, no menores, entre haber tomado una decisión y apenas haber abierto una elusiva posibilidad.

Mi propio lanzamiento, en noviembre de 2025, no fue un sondeo ni un amague. Es una decisión sin marcha atrás, no sometida a internas partidarias, ni a presiones externas, ni a llamados ambiguos de declamados deberes cívicos. La sostengo en un proyecto de país del que soy autor intelectual y que llamamos Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: una hoja de ruta articulada en una triple revolución —educativa, científico-tecnológica e industrial-productiva— y orientada a formar lo que entiendo como un ejército de emprendedores jóvenes con capacidad de exportar al mundo.

En La Riqueza de las Naciones, Adam Smith ya sugería que la verdadera riqueza de un país no se mide por el oro de sus arcas sino por la productividad de su trabajo y la sofisticación de su división laboral; dos siglos y medio después, esa intuición sigue siendo el cimiento sobre el que cualquier propuesta seria de desarrollo debe edificarse. La nuestra no es un manifiesto declamatorio: es la arquitectura conceptual de una política pública que explica, en términos verificables, cómo Argentina puede dejar de ser un país que improvisa para ser uno que planifica.

El libro que ordena y fundamenta esa arquitectura ya está escrito, y su publicación es inminente. Se titulará Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI: Un proyecto para la Argentina futura. La mayor parte de sus contenidos fue oportunamente difundida en nuestros espacios durante los últimos meses; quien quiera contrastar lo que digo con lo que escribo tiene, ya, abundante material disponible.

En la génesis del proyecto y en la escritura del libro me han acompañado dos coautores cuya presencia merece ser nombrada con precisión:

  • Gustavo Reija, economista y mentor del Desarrollismo Inteligente del Siglo XXI, referente económico del espacio y responsable del armado de la propuesta económica.
  • Lucas Arias, joven talento que aportó los fundamentos geopolíticos del proyecto: lectura del lugar de Argentina en el tablero mundial, definiciones estratégicas en política exterior y articulación entre soberanía y multilateralismo.

Nombrar equipo no es prepotencia, es transparencia. La política responsable comienza por anticipar quiénes harán qué, y no por improvisarlo después de las urnas.

Cabe reconocer que en el oficialismo también existe un candidato decidido fundamental: el actual presidente Javier Milei, que ya manifestó su intención de buscar su reelección en 2027. Pero el foco de este análisis está en la oposición, donde la geografía de la indecisión cubre casi todo el territorio.


Decisión sin pista de aterrizaje

Un caso particular viene dado por quienes ya se han definido como candidatos o dejan trasuntar que podrían serlo, pero la justicia argentina les cerró la puerta de la pista. Es una categoría incómoda, porque no son ambivalentes ni amagadores: son candidatos cuya voluntad existe, pero choca contra una inhabilitación firme. La discusión sobre si esa inhabilitación es justa o injusta excede los límites de este artículo; pero lo que aquí interesa es su efecto político concreto: producir un actor activo que, sin embargo, no puede ser propiamente un candidato.

Cristina Fernández de Kirchner es el caso más visible. En junio de 2025 la Corte Suprema dejó firme la condena a seis años de prisión y la inhabilitación perpetua en la causa Vialidad. Cumple su pena en prisión domiciliaria. Su rol en el peronismo sigue siendo decisivo —preside el Partido Justicialista, ordena equilibrios internos, audita candidatos—, pero el lugar específico de la candidatura presidencial le quedó vedado. La política la sigue habitando; la papeleta, no.

Guillermo Moreno, por su parte, lanzó formalmente su candidatura en diciembre de 2025, pese a que en octubre de ese mismo año la Corte había dejado firmes dos condenas en su contra y la inhabilitación absoluta para ejercer cargos públicos. Su apuesta es jurídico-doctrinaria: pretende que la justicia electoral discuta si un presidente, por ser representante elegido por el pueblo, puede asimilarse a un funcionario público en el sentido de la inhabilitación. Cita, no sin audacia, el precedente Trump. Veremos. Por ahora, queda fijada su voluntad de competir y la elocuencia de su consigna —“no es temprano, es necesario”—, aunque la cancha jurídica donde quiere pararse todavía no está dibujada.


La candidatura sin candidato

Si la decisión firme define al reducido primer grupo (la candidatura del Presidente Milei y la de quien escribe), la ambivalencia define al segundo. Y el caso Dante Gebel, por su intensidad mediática y por el modo en que ilustra el síntoma, conviene tomarlo como paradigma.

En las cinco entrevistas extensas ofrecidas durante su reciente raid porteño —A24, Urbana Play, Infobae, Feinmann, Pergolini— Gebel logró el extraño mérito de hablar de política mucho y decir, sobre lo central, poco o casi nada. Confiesa que no tiene ganas de ser presidente, pero deja la puerta abierta a un llamado del deber. Tiene la vida resuelta, dice, y por eso siente la dicotomía. Si se arma un equipo capacitado y honesto, gestiona; si no, prefiere su show PresiDante, que recorre Madrid, Los Ángeles y Buenos Aires con la chistera de hacer reír al imaginar lo que no quiere asumir.

Freud nos invita a pensar que aquello que se dice no querer con tanta insistencia suele ser, justamente, lo que se desea con mayor intensidad: la negación, en términos analíticos, es una forma elaborada de afirmación. Lacan, por su parte, teorizó la noción de sujeto supuesto saber para describir esa figura imaginaria a la que se le atribuyen capacidades que no necesariamente posee. Gebel es, por ahora, ambas cosas: un sujeto supuesto candidato y un candidato supuestamente reticente.

El operativo clamor lo construye un espacio multisectorial —Consolidación Argentina— que incluye sindicalistas peronistas, exlibertarios, dirigentes evangélicos y empresarios. Lo recibe Martín Llaryora en Córdoba; lo cortejan referentes de la CGT como Juan Pablo Brey; lo miden las consultoras antes de que él se postule. Entre tanto, Gebel define que la decisión llegará después del Mundial 2026 y reconoce, casi con candor, que el plan económico todavía se está armando.

Es un orden invertido respecto del que el mismo declara como deseable: primero el equipo, después la propuesta y, luego, recién luego, la candidatura. Max Weber en La política como vocación sentenciaba que la responsabilidad pública requiere convicción y oficio, no la espera de que la vocación se sienta. Quien necesita ser convencido de querer gobernar suele descubrir, demasiado tarde, que gobernar exige querer.

El contraste con un proyecto como el Desarrollismo Inteligente es nítido. Mientras Gebel admite que el plan lo va a redactar un equipo en formación, mi proyecto fue elaborado, escrito y argumentado por mí, y publicado para que cualquiera lo discuta. La presidencia de un país no se asume por llamado cívico ni por el agotamiento del lugar resuelto; requiere convicción intelectual previa, programa de gobierno argumentado y un riesgo asumido en primera persona.


El que mucho amaga, poco aprieta


El refrán popular tiene esa virtud característica: dice en una línea lo que la jerga académica suele perderse en cuatro párrafos. Hay un grupo de figuras que han elegido el amague como modo permanente de habitar la conversación pública. No descartan, no confirman, no se lanzan, no se bajan. Mantienen el calor mediático sin asumir el costo de la decisión. La estrategia tiene un atractivo evidente en el corto plazo —se está en agenda sin pagar peajes— y un costo no tan evidente en el mediano: cuando finalmente se decida algo, ese algo llegará tarde, sin la épica fundacional de la convicción.

Carlos Melconian es, quizás, el caso más representativo. En su entrevista con Luis Novaresio en A24, en abril de 2026, lo formuló con sinceridad notable: “tengo la vocación de ser candidato a presidente, trabajo en un programa para serlo”. La frase es honesta y convincente, salvo por el detalle de que esa vocación ya estaba en 2023, cuando entregó su programa al servicio de Patricia Bullrich, y antes también, cuando asomó como ministrable de Macri. Vocación que se posterga, que se acumula como capital sin invertir, que espera el escenario perfecto para descender de la nube. La política, sin embargo, no premia al espectador; premia al que entra a la cancha. Mientras tanto, Melconian acumula críticas al gobierno —“la casta está adentro”, dijo—, sin asumir todavía la decisión que su propia vocación le reclama.

Por su parte, Esteban Bullrich merece una digresión separada y un trato distinto, porque su caso interpela en otro plano. En diciembre de 2025 anunció su deseo de presentarse como candidato a presidente en 2027. Aclaró que la última palabra la tendría su familia, lo cual, dada su circunstancia, no es ambigüedad: es un acto de honestidad. Esteban está atravesado por una Esclerosis Lateral Amiotrófica avanzada, que le permite mover sólo los ojos. Y aun así sostuvo, con una belleza que merece ser citada, que “los ojos son la puerta del alma y que su campaña sería su alma hablándole al alma de los argentinos”.

Por eso su categoría merece un nombre propio: los que sueñan, pero su deseo queda ad referéndum de factores que los trascienden. Hay aquí una mística que conviene valorar, y no como concesión sentimental sino como reconocimiento político. Esteban no se postula desde el cálculo, desde el ego ni desde la conveniencia: se postula desde un sueño grande, casi épico, sostenido contra el cuerpo y contra el tiempo. Quiere unir a los argentinos, aunque pierda. Quiere dejar un país mejor para sus hijos. Habla de reconciliación, de diálogo, de servicio.

Digámoslo sin eufemismos: en una política argentina mayormente poblada de pequeñas vanidades y cálculos de corto plazo, hay heroísmo civil en su gesto. Su candidatura, por las razones apuntadas, resulta un proceso incierto. Pero el sueño, ese sueño grande, ya es en sí mismo una forma de pedagogía cívica. Y es saludable que la política argentina tenga la honestidad de no usarlo como decorado, sino de escucharlo como lo que es: un llamado a recordar que la vocación pública también puede tener altura espiritual.

Los reclutados sin reclutamiento

Existe una tercera figura: aquellos a quienes la política o el círculo rojo busca atraer, pese a que ellos mismos lo desmienten una y otra vez. Marcos Galperin es el ejemplo paradigmático y, conviene aclararlo, hasta el momento el único integrante puro de esta categoría.

En octubre de 2024 dijo a La Nación, sin dejar lugar a interpretaciones: “es un mito total que quiera ser presidente, tampoco quiero entrar a la política”. Más recientemente, a Bloomberg, formuló una versión más prudente —“he aprendido a evitar palabras como nunca o siempre”—, pero su trayectoria habla con más volumen que sus matices: vive en Uruguay desde 2019, renunció a la conducción ejecutiva diaria de Mercado Libre a fines de 2025, y declaró que su prioridad por los próximos cinco años seguirá siendo su empresa y su interés en inteligencia artificial.

Que algunos sectores del PRO sigan especulando con un Galperin candidato dice menos de Galperin que de la orfandad de candidatos del PRO. La búsqueda de salvadores empresariales tiene su lógica: en sociedades fatigadas con la política tradicional, el ciudadano cansado proyecta sobre el gestor exitoso la fantasía de la racionalidad gerencial aplicada al Estado.

Pero la fantasía suele estrellarse contra dos hechos:

  1. El supuesto candidato no ha manifestado el deseo.
  2. Gestionar un Estado no es gestionar una empresa: es articular voluntades, negociar con sindicatos, dialogar con gobernadores, sostener una visión por décadas.

La transferencia psíquica que el círculo rojo intenta operar sobre Galperin, por ahora, no encuentra receptor.


 Los condicionados peronistas


El peronismo no es un partido: es un sistema. Y como todo sistema, supedita las voluntades individuales a la dinámica del conjunto. Hay dirigentes peronistas con peso propio, con estructura territorial y con vocación presidencial, que sin embargo no pueden lanzarse: tienen que esperar a que la interna decante, a que el sello partidario los unja, a que la conducción —diluida desde la inhabilitación de Cristina— produzca un consenso o, en su defecto, una primaria competitiva. Mientras tanto, su candidatura existe sin existir.

Axel Kicillof es el caso paradigmático. Gobernador de la provincia de Buenos Aires hasta diciembre de 2027, asumió en marzo de este año la presidencia del PJ bonaerense y lanzó el espacio Movimiento Derecho al Futuro. Mide bien, tiene caja, ordena dirigentes. Pero a la pregunta directa contesta con esa frase que ya se volvió marca registrada: “estoy abierto a todas las posibilidades”. La fórmula es elegante porque dice todo y no compromete a nada. La pregunta, sin embargo, persiste: ¿se puede aspirar a la presidencia desde la indeterminación voluntaria, o llegará un momento en que la indeterminación deje de ser un activo para convertirse en un déficit?

Sergio Uñac, exgobernador de San Juan y actual senador, pidió internas competitivas. Su pretensión política es transparente, pero su candidatura permanece a referéndum de la resolución de la pulseada interna. El analista Jorge Asís lo describió como un dirigente que “patea con las dos piernas, peronista y radical”: una virtud para consensos provinciales, una variable más a administrar en una elección nacional.

Dentro de esta misma constelación aparece Jorge Brito —dueño del Banco Macro, expresidente de River Plate, hijo del banquero homónimo—, que ha empezado a ser nombrado como posible candidato. Su entorno confirma que la alternativa va creciendo, pero con una condición clave: sería candidato únicamente en una interna peronista contra un kirchnerista, en particular contra Axel Kicillof. Es decir, descarta la versión que lo sindica como dirigente buscado por Mauricio Macri para representar al PRO. Su lugar, si se anima, será dentro del peronismo, y no afuera.

Sergio Berni ya lo respaldó con elocuencia: “me entusiasma la candidatura presidencial de Jorge Brito”. Su relación con Sergio Massa no es la misma que tenía su padre, mentor en su momento del exintendente de Tigre. Brito encarna, así, una posibilidad nueva: el outsider empresarial que entra al peronismo no como invitado, sino como contraposición interna. Si esa apuesta prosperará dependerá de que la interna peronista exista efectivamente como cancha competitiva. Si Axel Kicillof termina siendo ungido sin discusión, Brito difícilmente se lance al ruedo en soledad.


 Los pensados por el círculo rojo

El llamado círculo rojo —ese conglomerado difuso de empresarios, banqueros, fundaciones y consultoras— suele pensar antes en candidatos que en proyectos. Es una tradición casi argentina: producir nombres antes que ideas. Decepcionado con el actual gobierno, ese sector busca hoy un candidato de derecha que ofrezca racionalidad sin volatilidad.

Patricia Bullrich aparece de modo natural en este radar. Su trayectoria, su capital electoral en la coalición opositora de 2023 y su perfil de mano firme la vuelven candidata para ciertos segmentos del establishment. Pero en su caso, el problema central no es una ambivalencia ideológica con el PRO, sino algo más estructural: la tensión entre su eventual deseo presidencial y la pertenencia asociada a La Libertad Avanza y al presidente Javier Milei. Ese espacio ya tiene su candidato natural, y ese candidato no es ella: es Milei. La voluntad reeleccionista del Presidente —y la coordinación de Karina Milei— hacen difícil imaginar que el armado libertario avale una candidatura presidencial de Bullrich en 2027.

Eso la coloca ante una alternativa incómoda: jugar desde afuera del oficialismo. ¿Desde dónde? La respuesta lógica sería el PRO, pero ¿podría Patricia volver a una estructura partidaria que abandonó para cobijarse en el gobierno libertario? ¿Aceptaría el PRO recibirla como candidata cuando en su propia conducción se discute si proponer al propio Macri? Son interrogantes abiertos. Lo que está claro es que el deseo presidencial bullrichista, si existe, no encuentra todavía pista de aterrizaje compatible con su actual lealtad.

Mauricio Macri, por su parte, admite no descartar la candidatura, pero más como herramienta que como objetivo. Filtra candidaturas alternativas (Galperin, Brito) para condicionar a Milei en la negociación electoral por la Ciudad de Buenos Aires; cuando esos nombres se evaporan, queda él mismo como instrumento. Es una candidatura instrumental, no fundacional, y eso explica el techo bajo de tracción que perciben sus propios estrategas. Distinto sería si Macri formulara un retorno con proyecto refundacional. Pero el Macri 2026 rinde más como factor de presión que como expectativa de gobierno.

Los sinuosos

Hay una categoría intermedia y particularmente interesante, que en el corpus original llamé los de comportamiento sinuoso: figuras que oscilan deliberadamente entre la pertenencia y la ruptura, sin pagar por ahora ninguno de los dos costos.

Victoria Villarruel es el caso más visible, y acaso el más relevante. La vicepresidenta no se ha ido del Gobierno, pero hace meses que actúa por fuera de él. Recorre las provincias —Santa Cruz, esta semana—, marca distancia del modelo aperturista del Ejecutivo, defiende la industria nacional, hilvana contactos con gobernadores y con sectores del peronismo conservador.

Dice, cuando le preguntan, que no descarta una candidatura para 2027 pero que es muy temprano para afirmarlo. Dice también, con una elegancia que conviene apreciar, que las desavenencias con el presidente se resolverán en la instancia que corresponda y en la privacidad que corresponda. La frase es retóricamente perfecta: no admite quiebre y sin embargo lo confiesa entero.

El cronista Jorge Asís la apodó la Cayetana, en alusión a Cayetana Álvarez de Toledo, sugiriendo que Villarruel podría capitalizar un nacionalismo de derecha capaz de seducir, incluso, a sectores del peronismo. Acaso, tal vez, quizás. La sinuosidad, al cabo, es una estrategia de quien todavía no decidió en qué orilla parar el barco.


 Los que callan

Y luego están los que eligen el silencio como estrategia. No se ofrecen, no se niegan, no se postulan, no se bajan. Dejan que otros los nombren y administran ese eco como capital político.

Hay un viejo koan zen que ilumina este territorio con precisión: un maestro le pregunta al discípulo qué hace ruido, si el árbol que cae en el bosque o la oreja que lo escucha. La respuesta, acaso, es que el ruido no está en el árbol ni en la oreja sino en el espacio vacío entre ambos. Algo similar ocurre con estos candidatos sin candidatura declarada: su poder no reside en lo que dicen ni en lo que callan, sino en el rumor que ese silencio produce. En el mercado mediático, donde abunda la voz, el silencio paga. Pero también puede ser una forma de invisibilidad voluntaria: un modo de no asumir, todavía, lo que en algún momento habrá que decir.

Sergio Massa pertenece a esta categoría con una particularidad: a diferencia de Zamora, su silencio es elocuente. Después de dos candidaturas presidenciales —una en 2015, otra en 2023— y de haber sido ministro de Economía durante la administración de Alberto Fernández, Massa sabe que el tiempo de la palabra todavía no llegó. Jorge Asís afirmó que Massa es personalmente el peronista mejor preparado y que aún le queda una bala en la recámara. Una, no cuatro. La frase describe con precisión el recurso massista: un capital político administrable, todavía no descargado, a la espera del momento en que pueda descargarse con efecto.

Gerardo Zamora habita el silencio en otra clave. Gobernador de Santiago del Estero, dirigente de un peronismo provincial estable, también mencionado por Asís como presidenciable, Zamora nunca habló de candidatura presidencial. Y sin embargo, fue señalado como uno de los dos peronistas más considerados para lanzarse, junto con Massa. El silencio del santiagueño no es indecisión: es construcción interna. Quien tiene un peronismo provincial sólido sabe que se cotiza mejor cuando se deja desear que cuando se ofrece sin descanso.


La paradoja y el desafío

El cuadro completo dibuja una caricatura demasiado argentina. Imagínese, a modo de alegoría, un teatro lleno de espectadores que reclaman a gritos la aparición del protagonista; cuando el protagonista finalmente entra al escenario con su libreto bajo el brazo, los espectadores, en lugar de escucharlo, se dan vuelta y siguen aplaudiendo a los que ensayan en los pasillos.

La ciudadanía declama, en encuestas y sobremesas, que faltan ideas y liderazgos. Los medios repiten el diagnóstico, lo amplifican, lo convierten en agenda. Sin embargo, cuando aparece un dirigente que sí tiene proyecto y sí tiene decisión —que no amaga, que no espera la interna, que no calla por estrategia, que no es interdicto por la justicia, que no actúa como sujeto supuesto candidato— ese dirigente recibe el premio menos esperado: el silencio del aire.

La paradoja es rotunda. Se busca lo que se critica y se ignora lo que se demanda. Se le concede tiempo y micrófono al que confiesa no tener un plan armado, mientras se invisibiliza al que ya escribió un libro con el plan completo. La cobertura mediática parece premiar la indeterminación —porque la indeterminación produce especulación, y la especulación produce relato, y el relato produce rating— y castigar la decisión, porque la decisión cierra la incertidumbre y, cerrándola, baja la temperatura del show.

Quien ya decidió no es un candidato fácil de cubrir, porque no genera rumor: genera argumento. Y el

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